Por Nor Loto. Son tantos años que han pasado desde la desaparición de mis hermanos, José y Daniel. Son tantos que casi que suman toda mi vida. Los que pasaron fueron años inconclusos y así serán todos los días de nuestra familia. Tener desaparecidos es una rudeza de la vida para que la búsqueda se transforme en infinita.

Me duele el insilio vivido porque fue tan duro como el exilio que vivieron otros. Ambos son odiosos e intensos, porque están minados de lágrimas y de hambre, porque si el exilio te manda a lo desconocido, el insilio te muestra la cara que no se conoce de las personas cercanas y que te obligan a ser parias.

Elegir quedarse en la tierra donde te arrebatan las vidas amadas no fue fácil. En el insilio, los críos de los perseguidos políticos teníamos cantidades de carencias pero, afortunadamente, había relaciones que perpetuaban. A veces, yo vestía con short de varoncito color azul índigo y zapatillas blancas que imitaban a las “Flechas”. Había tardecitas con tostadas, manteca, miel y un odioso rayo de sol que llegaba hasta mi taza.

Mi padre falleció hace unos años y crecí viéndolo llorar. Crecimos con el manto del miedo, de haber sobrevivido al fuego que la Triple A incendió en nuestra casa familiar estando nosotras allí. Hemos acumulado apuros inexplicables para abandonar el hogar y huir a otra geografía, hemos jugado a las escondidas bajo el peor de los peligros.

Daniel desapareció en 1976. En los primeros años del regreso de la democracia, no faltaba quienes con esperanza (y otros con malicia) preguntaran: ¿cuándo regresa Daniel?. Un día golpearon las puertas de casa y era un ex combatiente de Malvinas, perdido aún en el dolor de la guerra y su nombre era: Daniel Loto. Una simple y amarga coincidencia que nos hizo bajar la cabeza y pensar en lo infelices que éramos.

Es que sin tumbas, nunca se hace el duelo de una muerte. La categoría “desaparecidos” te hace caminar por una vida inconclusa; no permite el duelo porque no hay defunción comprobable.

Cuando mi padre agonizaba nos preguntaba si es que “los chicos” habían regresado, si es que Daniel había regresado. Me decía que Daniel y yo teníamos que enseñar a leer libros a mi hermana menor. Miraba a las enfermeras y comentaba (en su delirio) que eran “amigas de Daniel” pero “que se esconda, la pueden llevar a ella también, que se esconda!!!”.

Mi padre se fue recordando a Daniel. Nunca hizo el duelo. Así es como se vive y se muere con los “desaparecidos”. .Se vive creyendo que están muertos y se muere creyendo que aún viven.

En Carrera 2015

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